Aún me acuerdo la primera vez que lo probé. Para ser honesta, ni siquiera me gustó…
Fue el primer restaurante coreano que probaba. Recuerdo al dueño, un señor muy sonriente y afable.
Tiempo después, escuché que el kimchi, junto con otros alimentos, está valorado como un superalimento. Y recuerdo pensar (o decir): “¡Buaaah, tengo que probarlo! seguro que me flipa”. Ni siquiera recordaba que el kimchi era ese mini platillo que acompañaba el arroz que ya había probado en aquel restaurante del señor sonriente, y que, además, me dejo indiferente aquel día.
Más adelante, tras haber sufrido varios problemas digestivos debido al estrés y los nervios, surgió mi interés por los alimentos saludables. Descubrí que alimentos como el kimchi, la kombucha, el kéfir y otros son ricos en probióticos, y que no es muy complicado hacerlos uno mismo.
Esa semana de vacaciones que menciono en la descripción del blog fue la semana en que hice ¡Mi primer Kimchi! Días antes, iba escribiendo mi lista de la compra y viendo videos en YouTube para decidir qué receta y qué ingredientes me cuadraban más.
Tengo que destacar que mi chico me regaló un libro muy interesante que habla sobre los fermentos. Me escuchó por 43987239487ª vez decir que iba a hacer kimchi, que es un fermento, que iba a comprar col china en el asiático, que bla bla bla…
Y él pensó: “¿sí? ¿Te gusta el kimchi? ¿te gustan los fermentos? Pues te regalo un libro de fermentos”.
Para ser sincera, cuando vi esa enciclopedia de libro me asusté. Pensé: “Solo quería hacer kimchi en mi semana de vacaciones, no quiero hacer todos los fermentos que existen en el mundo. ¿Por qué no me ha comprado la mochila que le pasé por WhatsApp o las mil otras opciones que le dije sutilmente?”.
Tengo que decir que, a veces, me asusta lo bien que me conoce… porque empecé a leer el libro y me fascinó. La manera en que plantea la importancia de hacer tus propios fermentos, cómo antes se hacían por necesidad –ya que no existían las neveras como las de hoy – me atrapó por completo.
