La gente le hace "oda a la comida" con sus fotos y su postureo egocéntrico. A sabiendas (o no) que la calidad del plato empieza a deteriorarse desde el mismo instante que el camarero lo sirve en la mesa.
Prefieren sacar esa foto desde todos los ángulos para presumir de la suculenta apariencia de esas patatas recién hechas, de esa langosta recién salida del horno o de ese arroz meloso y humeante. Pero, mientras buscan el encuadre perfecto, las patatas se enfrían y se ablandan, la langosta pierde su punto y el arroz se pasa.
Todo ese esfuerzo del chef, que ha dedicado tiempo, técnica y conocimiento a conseguir la cocción exacta para que el plato llegue a tu mesa en su mejor momento, se desvanece en unos segundos.
Y lo más curioso es que, cuando por fin pruebas el plato, ya no estás degustando lo que el cocinero pretendía que saborearas. Pero eso da igual y el respeto por la gastronomía y por el cocinero también. ¿A que hacemos oda? ¿A la gastronomía o al simple hecho de poder decir "yo estuve allí"?